12 de mayo de 1.979. Los Vascos al asalto del techo del mundo

Por Felipe Uriarte y Angel Rosén

Depués de largos y lentos preparativos, abandonamos el Collado Sur camino del campo VI. Nos dirigimos hacia un fuerte corredor de hielo que se encuentra más a la izquierda del camino tomado por Hillary y por las otras expediciones que han hecho el Everest. Nuestra ruta evitaba en lo posible la arista donde pegaba fuerte el viento. La sucesión de corredores y de resaltes de roca por donde fuimos estaba mucho más protegida que la desnuda arista, circunstancia esta que seguramente hizo posible que llegásemos a instalar el campo VI.

La dificultad de este trayecto era considerable, a lo que hay que unir la torpeza con que nos movíamos en la altura. A partir del Campo V ya no se puede equipar la montaña y lo que en montes más bajos, como Pirineos o Alpes, sería una agradable trepada, de 8.000 a 8.500 metros esta misma dificultad es algo en lo que hay que poner una gran atención y te exige grandes esfuerzos. Cuando se trataba de escalar sobre nieve la cosa marchaba relativamente bien pero cuando nos teníamos que meter por las rocas (exquistos muy descompuestos) la inseguridad era grande. No obstante creo que subimos bien y rápidos. Nuestros aparatos de oxígeno marchaban a la perfección (2 litros por minuto) y la forma física en que nos encontrábamos creo que era estupenda, lo que nos daba una gran moral. A pesar de desenvolvernos por un terreno peligroso y algo difícil (la roca la estimo en IIIº), en contadas veces nos asegurábamos, hicimos casi todo el trayecto andando a la vez.

Casi no nos dimos cuenta que a mitad de camino empezó a nevar y la visibilidad era reducida. No obstante, seguimos la marcha con la esperanza de que al día siguiente tuviésemos un tiempo bueno.

A las cuatro de la tarde salimos a la arista donde instalaríamos nuestra pequeña tienda (8.530 metros de altura). Habíamos partido a las once y media del Collado Sur, por lo tanto habíamos escalado a razón de 125 metros de desnivel por hora, velocidad ésta muy considerable en aquella altura y que reforzaba nuestra teoría de que estábamos en una forma estupenda.

Un poco más bajo que nosotros se observaban restos y botellas vacías de oxígeno de la expedición italiana del año anterior.

Pusimos nuestra pequeña tienda en el mismo filo de la arista. Nada más llegar, nuestros sherpas nos picaron una plataforma a golpes de piolet y luego descendieron. Les vimos bajar con cierta nostalgia. Estábamos completamente solos. El día siguiente podría ser un gran día. Pero no, fue el dia más triste de nuestra vida montañera. Para ahorrar oxígeno nos quitamos las máscaras y empezamos a armar la tienda que nos protegería del frío aquella noche. Sin oxígeno nos movíamos torpemente y nos llevó unas dos horas levantar nuestra casa. Al caer la tarde el tiempo mejoró, se abrieron las nubes y aunque el viento que soplaba era considerable, abrigábamos la esperanza de que cediera por la noche. Eramos como dos hormigas agarradas a un puntiagudo pastel de nata. Teníamos al alcance de nuestra vista y ya habían quedado por debajo nuestras bellas y famosas montañas. Makalu una fría y monumental piedra que veíamos por primera vez, el Lhotse y Nupse con cuyas formas estábamos tan familiarizados. Al asomar la cabeza de donde estábamos la vertiente norte en un salto vertical de casi tres mil metros moría en las morrenas de los glaciares tibetanos, luego una llanura verde, atrayente.

En el colmo de mi imbecilidad creo que hasta me sentí importante por poder contemplar algo tan hermoso, tan grandioso. Pero también supongo que aquello se me pasaría pronto ya que más de una vez había experimentado en mi propia carne lo poco que vale el hombre si se ha de enfrentar con la naturaleza.

Desde el Campo VI no se ve la cumbre del Everest pues queda tapada por la antecima sur. El terreno que veíamos hasta allí, parecía fácil.

La misma arista donde estábamos se elevaba suavemente hasta un corto resalte más inclinado que lleva al mismo pico sur. De allí a la cumbre del Everest sabíamos que sólo existe un pequeño paso de cierta dificultad y se podía asegurar a simple vista que el trayecto que habíamos hecho desde el Collado Sur era mucho más pendiente. En esos momentos no teníamos la más ligera duda de que al día siguiente estaríamos en la cumbre. Estábamos eufóricos.

A las dos y media de la madrugada, cuando nos despertamos, el viento sacudía nuestra tienda a pesar de que estaba muy protegida (como metida en un agujero) y de que era muy sólida. Dormimos con oxígeno y nuestros equipos de ropa respondieron perfectamente a la baja temperatura. Yo creía que en el Campo VI no dormía nadie. La noche nuestra fue soportable.

A las tres y media hicimos el primer intento por salir hacia la cumbre. Se me cayó medio mundo encima al ver que ni siquiera podía mantenerme de pie al lado de la tienda. Lo más absurdo de todo es que la noche era bella, estaba completamente despejada y no se veía ninguna nube. Pero un fuerte viento bajaba del Pico Sur arrastrando consigo esa característica pluma de nieve y pedazitos de hielo que casi siempre se ve salir del Everest.

De todas formas como aún era muy pronto, guardábamos la esperanza de que el viento amainase. Todo fue en vano. Hasta cerca de las once de la mañana que estuvimos esperando una situación más propicia, aquello no hacía sino empeorar. No tuvimos la más mínima oportunidad ni de intentarlo siquiera. Era imposible ponerse en pie. ¡Avanzar hacia la cumbre una utopía! Ooptamos por lo único que podíamos hacer...

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Gallardo y Abalde una cordada, Kirch y Villar en la otra, días más tarde de nuestro descenso aguantan lo indecible en el Collado Sur en su intento de conseguir la cima. Para lograr esto se habían puesto más de 30 hombres, entre expedicionarios y sherpas, a 8.000 metros de altura. Gallardo con sus cuatro días y noches en el Collado Sur es el hombre que más tiempo ha vivido a 8.000 metros de altura (hasta la fecha, que se tenga constancia). Los primeros frentes del monzón golpearon a estas dos cordadas con fuerza. Fue el fin de nuestra aventura. La cima se había quedado a 320 metros de nosotros.

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